8.17.2009

Horizonte perdido


Parado en la azotea del edificio más alto del distrito, contemplaba el mar, el sol poniéndose detrás de las islas, el cielo tomando distintos colores y la luna que coronaba el paisaje. Tenía siete años y ése era la primera puesta de sol que contemplaba. Donde vivía, no podía ver ese atardecer, sea porque su casa solo tenía un piso, sea porque su casa se encontraba lejos del mar. Se quedó mucho tiempo observando el atardecer, contemplando cómo el cielo cambiaba de color y se volvía cada vez más inmenso. Algunas estrellas empezaron a aparecer, tímidas, muy lejos, casi imperceptibles por sus vírgenes ojos. En la azotea de ese edificio, el más alto de todos, podía alcanzar a ver también, todas las demás casitas, que, al lado de su edificio, eran pequeñísimas, que daban risa. Apenas siete años tenía, y ya se sentía gigante, parado en su azotea gobernando su ciudad. Ése fue su primer día de verano en ese edificio.

Todos los años era igual, encantador, relajante, paradisíaco. Qué inmenso era el cielo mientras más años pasaban, qué hermoso era ese gigantesco mar, qué hermosas eran las islas que ocultaban al mágico sol. Desde ese alto edificio todo lo podía ver, lo que quería ver. Iba creciendo en edad, y sentía que el paisaje crecía con él, siempre mirando hacia el mismo atardecer. Ese horizonte fijo muy cercano a su ser.

Él creció, el atardecer igual. Pero, la ciudad también. ¿Cuántos como él también querían ver el mar? ¿Cuántos como él también querían disfrutar el atardecer y gobernar cada uno su ciudad? Él no había pensado eso. Nunca creyó que la ciudad crecería y que otros como él también se pararían a contemplar las puestas de sol. Durante muchos años, él fue el privilegiado. Él era el único que contemplaba el atardecer a su manera. Estaba más alto que todos, y se creía invencible, nadie lo derrocaría de su reino inmenso.

Al lado, construyeron un edificio grande, un piso más alto que el suyo. Más allá, uno que parecía ser más alto aún. Mucho más lejos, un edificio que prometía ser el más alto. Y otro más, casi cerca al acantilado, el que decía alcanzar las nubes. Poco a poco más edificios fueron creciendo. Cada vez más y más altos, que triplicaban en tamaño al suyo. Por edificio que se construía, era una batalla perdida. Su campaña fue un fracaso: en invierno solo consiguió ver edificios a medio construir.

Llegaba el siguiente verano. Él se subió a la azotea y contempló el atardecer. Solo había miles de edificios gigantes que habían transformado toda la ciudad. Él trató de ver su encantador atardecer, pero pasaron horas, se hizo de noche, y quedó contemplando muchas estrellas artificiales.

Tenía ya dieciocho años.

Era hora de mirar nuevos horizontes.

2 comentarios:

  1. A veces creemos las cosas se nos van, que se alejan y regresan al cielo del que alguna vez nos cayeron, que ya no las recuperamos... tal vez el secreto esté en recuperarnos a nosotros mismos.

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  2. tienes mucha razon, estoy en proceso de recuperacion, aunque siempre es dificil...ahora que han matado mi horizonte, me hace pensar que otros son difíciles de contemplar...

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